Más allá de comer un pedazo de pan y tomar un poco de jugo, la Cena es un acto que nos invita a vivir de acuerdo con los principios que creemos, a estar unidos a Cristo y separados del pecado y la independencia del cuerpo. El vino, símbolo de la sangre de Cristo, nos recuerda Su obra en la cruz, es decir, que hoy podemos acercarnos a Dios como nuestro Padre. El pan nos habla de la forma en que debemos vivir hoy: como Iglesia, como un cuerpo con miembros dependientes unos de otros.

Para celebrar la Cena hasta el día que Él vuelva (o sea, para vivir sin la culpa del pecado y en comunidad con nuestros hermanos) debemos transformar nuestra manera de pensar. Esto sólo puede hacerse cuando leemos la Palabra, la interiorizamos y la vivimos. Por ejemplo: Juan 13 nos narra el momento en que Jesús lavó los pies de sus discípulos. Esta costumbre se dio por la necesidad de mantener los pies limpios, ya que los caminos polvorientos de esa época y el calzado descubierto no permitían tenerlos aseados. ¿Cómo podemos, hoy, lavar los pies de nuestros hermanos? Todos estamos en un proceso de perfeccionamiento, eso quiere decir que nadie es perfecto. En nuestro andar con Dios nos encontramos con dificultades, pruebas y tentaciones, situaciones normales de nuestra vida cristiana que no tenemos porqué vivir solos; el polvo en el camino. Sin embargo, con el apoyo en oración, palabra, aliento de nuestros hermanos, con el compartir y pasar tiempo juntos podemos encontrar ese “lavado de pies” en nuestra propia comunidad.

 

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