Tenemos la capacidad de servir desde el mismo momento en que Dios nos creó; desde Adán hasta hoy, todos los seres humanos nacemos con dones y talentos que pueden utilizarse para hacer las buenas obras a las que estamos llamados. Sin embargo, vivir en un mundo dominado bajo el maligno ha hecho que olvidemos el significado de ser nuevas criaturas: el pecado ya no reina sobre nosotros porque esa naturaleza fue crucificada con Cristo; asimismo, con su resurrección podemos “[…] vestirnos del nuevo hombre” (Efesios 4: 24). Este olvido nos impide vivir en libertad para servir.

De la misma forma en que las plantas deben estar bajo la luz del sol para realizar la fotosíntesis, nosotros necesitamos pasar tiempo con la Luz (Juan 1: 4-5), con el Padre en oración, lectura y meditación para reafianzarnos en nuestra nueva naturaleza y, así, poder utilizar nuestros dones al servicio del Reino.

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